Mis días de descanso forzoso habían pasado, me incorporé a la agencia después de ser sometido a un examen psicológico, los loqueros incluso se sorprendieron por la entereza que demostré a pesar de los asesinatos que se habían producido en mi entorno. Todos me recibieron entusiasmados a mi llegada, el jefe Ford me dio ánimos, Damon se pegó a mi como un perro, todos estrechaban mi mano, incluido Norris el cual no sabía que descubrí que había estado siguiéndome, me hablaba y bromeaba como sí nada hubiera pasado, yo le seguía la corriente, pero lo que no sabía ese hijo de puta es que iba a ir a por él.
La caza de brujas seguía en todas las esferas de la sociedad. Entre todos los casos que lleve a término había uno que debía resolver cuando antes, hacia tiempo que iba tras Norris, seguía sus pasos, aparentemente con una vida normal, sin emociones, una vida aburrida llena de rutina, era fácil predecir los movimientos del sudoroso Norris. El hombre no alertó en ningún momento mi presencia, Damon parecía preocupado por mi obsesión con nuestro compañero de la agencia, yo sabía que lo único que requería su caza era paciencia. Tarde o temprano todos cometemos errores.
Pasaron los meses sin resultados en el seguimiento a Norris, y menos aún en la caza del traidor de la agencia, el cual ponía en entre dicho la seguridad del país. La paciencia requerida había acabado y me reuní con el jefe Ford. Le expliqué que mi instinto apuntaba hacia Norris, que me diera un equipo de hombres para asaltar sus casa. Ford aceptó contrariado, parecía dubitativo, quizás lo que acabará por convencer al jefe fuera mi perseverancia.
Una mañana nublada, con el olor de lluvia en el aire, un grupo de tres hombres y yo irrumpimos armados en el jardín de Norris. Normalmente hubiéramos echado la puerta abajo de una patada, pero por cortesía, tratándose de un compañero, llamamos a la puerta. Nadie contestaba a nuestra llamada así que optamos por echar la puerta abajo. Nuestros pasos invadían la estancia vacía y los pasillos oscuros. Norris se encontraba en la ducha, al salir con su albornoz del cuarto de baño casi se cae del susto. Le pedí que se cambiara de ropa mientras iniciábamos un registro en la casa, Norris respondió sin decir nada pero con los ojos encendidos en ira. El registro fue exhaustivo, parecía que nadie encontraba nada, pero yo estaba convencido de que encontraríamos algo. Envié a Damon al garaje, me paseaba por las habitaciones donde los hombres vaciaban cada armario y cada cajón, todos negaban con la cabeza mientras yo preguntaba si habían encontrado algo incriminatorio.
Damon vino corriendo desde el garaje, extasiado y jadeante. En una bolsa llevaba unos gemelos manchados de sangre con las iniciales "P" y "F", panfletos comunistas, y unos planos enrollados en la otra mano. Eso me bastó para ponerle las esposas a Norris que parecía incrédulo ante la situación.
Pronto averiguamos la procedencia de los gemelos ensangrentados, eran de Paul Fischer, el periodista asesinado junto a su amante, los planos, por su parte, rebelaban información detallada sobre la situación de nuestros misiles antiaéreos en el país y la próxima implantación de los misiles Júpiter en el continente europeo. A mí me tocó la tarea de interrogar al traidor, quizás después de dos horas con migo confesara todo lo que tuviera que confesar.
Damon no había asistido a muchos interrogatorios, así que yo llevé la iniciativa en todo momento, en realidad Damon sólo hacía de espectador, cerraba los ojos cada vez que golpeaba a Norris con el dorso de mi mano o se estremecía cuando apagaba un cigarro en el brazo de Norris. El traidor no habló, no confesó una sola palabra, se podría decir que aguantó con dignidad, si no fuera por que se cagó y se meó encima. Norris acabó por reír entre llantos, la locura le había invadido, acabando con todas sus esperanzas, repetía una y otra vez que lo encontrado en su casa, las pruebas que le llevarían a la silla eléctrica no eran suyas ¿Qué podía decir aquel hombre, si sólo hay un destino para los traidores? En todo caso aún había una pregunta que no me había atrevido a formular y que él nunca me contestó. Quizás nunca supiera por que Norris seguía mis pasos.
Geografía, historia, arte, literatura... blog dedicado a todas las ramas de las humanidades, para mentes inquietas y devoradores de conocimientos.
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martes, 27 de mayo de 2014
domingo, 18 de mayo de 2014
El buen patriota V: La sombra del presidente.
Tres eran las muertes que se produjeron las últimas semanas, la muerte me rodeaba, mi viejo compañero Woodrow, el periodista Fischer y el hombre que era amante de este. En el aire quedaban muchas preguntas sin responder, el paradero de Mikael y aquel coche que me siguió el día que fui a visitar a Fischer. El jefe Ford decidió darme unos días de descanso debido a mi cercanía con las tres muertes, durante esos días me quede en casa, cuidando mi celoso jardín, leyendo algún libro y ayudando a Catherine. Seguía con mi vida normal de buen americano, sin dejar de dar ejemplo a mis vecinos. Una mañana de domingo recibí la inesperada visita de Damon, el joven torpe al que habían asignado como mi nuevo compañero, a regañadientes le invité a pasar en la casa.
Damon se golpeó en la pierna con la mesita del comedor, a veces no sabía si era así de tonto o de lo hacia, me pregunto como me sentía, a cada pregunta le respondía con monosílabos, no me gustaba abrirme a la gente, menos a alguien al que apenas conocía . Me empezó a contar su historia, me hablo sobre su familia, su niñez, su época en la marina. Damon quería que yo también le hablara sobre mi pasado, mis respuestas seguían siendo monosílabos. Catherine se encontraba en la cocina y le invitó a tomar un refresco, Catherine era cortés y afable con todo el mundo, era un rasgo que la caracterizaba, Damon accedió a la invitación. Damon salió al jardín con la excusa del buen día que hacia, echo un vistazo a la gran variedad de plantas que había en él, Miro el columpio de los niños, y el cemento puesto recientemente. Se dio cuenta de que había echo obras y se ofreció para alguna próxima vez que necesitara hacer alguna reforma en casa, dijo que el suelo no había quedado nivelado mientras caminaba alrededor de la superficie de cemento. La visita de Damon me empezaba a incomodar así que le invité sutilmente que se marchara, se marchó sin mucha insistencia por mi parte devolviendo la tranquilidad a mi hogar.
Al día siguiente debía verme con Sean Kidman. Kidman fue el hombre que facilitó mi entrada en la CIA, había sido uno de los asesores en el pasado de los ex presidentes Roosevelt, durante sus tres mandatos y luego de Truman. Con la vuelta al poder de los republicanos de la mano del nuevo presidente Eisenhower, Kidman se retiró. El ex asesor había mantenido enfrentamientos abiertos con personalidades partidarias de un ataque nuclear preventivo sobre la URRS, como el general MacArhur. Kidman se había citado conmigo en una cafetería del centro porque sabía que no estaba pasando por un momento personal no muy bueno, además unos días atrás le entregue el número de la matrícula del coche que me había estado siguiendo, prometió que averiguaría de quien era ese coche.
Cuando llegué al lugar de la cita Kidman se levantó de la mesa donde estaba bebiendo un café y me recibió con un efusivo abrazo, me preguntó por mi mujer y mis hijos y me pidió que me sentara. Después de pedir otro café para mí fue directo al grano, expresó su preocupación por la caza de brujas que se estaba emprendiendo en la CIA, una caza cada vez más intensa, yo resté importancia al echo pero el insistió. Me advirtió en que no confiara en nadie, ni siquiera en el jefe Ford. Aquella declaración me lleno de incertidumbre e inseguridad, todos teníamos un pasado dijo a continuación, incluido Ford, no me quiso aclarar el que o no lo sabía. A continuación me dijo la procedencia de la matrícula del vehículo que me estaba siguiendo, pertenecía a un negocio de alquiler de coches de segunda mano. Acabé mi taza de café y me despedí de Kidman agradeciendo su ayuda.
Al día siguiente de mi encuentro con Kidman me dirigí al negocio de alquileres de coches. En la recepción un hombre poco aseado me despachó de malas maneras, le pregunté sobre el vehículo al que pertenecía la matrícula que apunté, dijo que todas las salidas y entradas de vehículos quedaban registradas en un cuaderno, le pedí ver dicho cuaderno de entradas y salidas de vehículos a lo que el hombre se negó. Se lo pregunté de otra manera, con mi pistola apuntando a su cabeza, eso ayudo a que la actitud descortés del individuo cambiara por completo, revisé el libro comparando la matrícula del vehículo, al fin tenía el nombre del hombre que había estado siguiendo mis pasos el día de la muerte de Fischer, Peter Norris, compañero en la agencia y un nuevo posible enemigo.
Damon se golpeó en la pierna con la mesita del comedor, a veces no sabía si era así de tonto o de lo hacia, me pregunto como me sentía, a cada pregunta le respondía con monosílabos, no me gustaba abrirme a la gente, menos a alguien al que apenas conocía . Me empezó a contar su historia, me hablo sobre su familia, su niñez, su época en la marina. Damon quería que yo también le hablara sobre mi pasado, mis respuestas seguían siendo monosílabos. Catherine se encontraba en la cocina y le invitó a tomar un refresco, Catherine era cortés y afable con todo el mundo, era un rasgo que la caracterizaba, Damon accedió a la invitación. Damon salió al jardín con la excusa del buen día que hacia, echo un vistazo a la gran variedad de plantas que había en él, Miro el columpio de los niños, y el cemento puesto recientemente. Se dio cuenta de que había echo obras y se ofreció para alguna próxima vez que necesitara hacer alguna reforma en casa, dijo que el suelo no había quedado nivelado mientras caminaba alrededor de la superficie de cemento. La visita de Damon me empezaba a incomodar así que le invité sutilmente que se marchara, se marchó sin mucha insistencia por mi parte devolviendo la tranquilidad a mi hogar.
Al día siguiente debía verme con Sean Kidman. Kidman fue el hombre que facilitó mi entrada en la CIA, había sido uno de los asesores en el pasado de los ex presidentes Roosevelt, durante sus tres mandatos y luego de Truman. Con la vuelta al poder de los republicanos de la mano del nuevo presidente Eisenhower, Kidman se retiró. El ex asesor había mantenido enfrentamientos abiertos con personalidades partidarias de un ataque nuclear preventivo sobre la URRS, como el general MacArhur. Kidman se había citado conmigo en una cafetería del centro porque sabía que no estaba pasando por un momento personal no muy bueno, además unos días atrás le entregue el número de la matrícula del coche que me había estado siguiendo, prometió que averiguaría de quien era ese coche.
Cuando llegué al lugar de la cita Kidman se levantó de la mesa donde estaba bebiendo un café y me recibió con un efusivo abrazo, me preguntó por mi mujer y mis hijos y me pidió que me sentara. Después de pedir otro café para mí fue directo al grano, expresó su preocupación por la caza de brujas que se estaba emprendiendo en la CIA, una caza cada vez más intensa, yo resté importancia al echo pero el insistió. Me advirtió en que no confiara en nadie, ni siquiera en el jefe Ford. Aquella declaración me lleno de incertidumbre e inseguridad, todos teníamos un pasado dijo a continuación, incluido Ford, no me quiso aclarar el que o no lo sabía. A continuación me dijo la procedencia de la matrícula del vehículo que me estaba siguiendo, pertenecía a un negocio de alquiler de coches de segunda mano. Acabé mi taza de café y me despedí de Kidman agradeciendo su ayuda.
Al día siguiente de mi encuentro con Kidman me dirigí al negocio de alquileres de coches. En la recepción un hombre poco aseado me despachó de malas maneras, le pregunté sobre el vehículo al que pertenecía la matrícula que apunté, dijo que todas las salidas y entradas de vehículos quedaban registradas en un cuaderno, le pedí ver dicho cuaderno de entradas y salidas de vehículos a lo que el hombre se negó. Se lo pregunté de otra manera, con mi pistola apuntando a su cabeza, eso ayudo a que la actitud descortés del individuo cambiara por completo, revisé el libro comparando la matrícula del vehículo, al fin tenía el nombre del hombre que había estado siguiendo mis pasos el día de la muerte de Fischer, Peter Norris, compañero en la agencia y un nuevo posible enemigo.
viernes, 16 de mayo de 2014
El buen patriota IV: Los valores americanos.
Lo malo que tienen los agentes dobles es que al final no sabes de que bando están, se ganan la confianza de los dos bandos, esa es su función, pero ¿ a quién traicionarán?. La sensación generalizada de algunos de los hombres de Ford es que Mikael nos había vendido, pero nadie entendía con que fin mató a Woodrow ¿qué valor tenía la vida de mi compañero para destapar así su tapadera? Muchas preguntas sin respuesta se dibujaban en el charco de la sangre que emanaba del pecho de Woodrow. Seis puñaladas fueron suficientes para acabar con mi compañero.
Algunos pensaban que lo del espía en la CIA era un farol que nos había lanzado Mikael para mantenernos distraídos, a pesar de ellos, los esfuerzos por encontrar un soplón se intensificaron. El jefe Ford multiplicó medios y hombres en investigar y seguir a cualquier nombre que tuviera alguna mínima vinculación con el aparato comunista. Los agentes demostraron durante las semanas siguientes sus valores americanos, banderas izadas en lo más alto de sus porches, conductas cívicas admirables, la cita a la iglesia de todos los domingos, incluso algunos hombres dejaron de verse con sus amantes. El consumismo también estaba a la orden del día entre nuestros hombres para poner de manifiesto su anticomunismo, relojes nuevos, coches nuevos y trajes nuevos.
Pronto me asignaron un nuevo compañero, un novato llamado Harry Damon, un pardillo, no sólo en apariencia con sus grandes lentes de pasta y su peinado pasado de moda, un pardillo que no paraba de hacer preguntas, algo torpe, y charlatán. El jefe Ford decidió apartatme del caso Woodrow por miedo a que me implicase emocionalmente, así que me seguí dedicando a lo mío, hacer preguntas a posibles comunistas. El siguiente nombre en mi lista era Paul Fischer.
Fischer era periodista en un periódico local, recientemente publicó una columna de opinión donde ponía en entredicho los métodos de las autoridades para tratar de erradicar la amenaza comunista desde dentro de nuestras fronteras. Periodistas con cierta ideología izquierdista los había a patadas, pero lo que más me llamo la atención de Fischer es que sabía demasiado, más de lo que un vulgar periodista sabría, en su artículo nombraba a Mikael, haciendo referencia a la doble moral de los servicios secretos, utilizando a agentes dobles. Una llamada de un par de minutos a su editor, me bastó para dar con el paradero del periodista, vivía en un apartamento en el centro y ahí me dirigí para encontrarme cara a cara con Fischer.
Mientras conducía, Damon no paraba de preguntar sí era buena idea, ya que Fischer guardaba relación con el caso Woodrow. Le respondí tantas veces como me pregunto que para mí aquel periodista era uno más en mi lista, yo sabía que no era así, mi intención era averiguar que relación mantenía con Mikael. Noté como un coche negro nos seguía de lejos, aceleré la marcha y conseguí despistarlo en un par de segundos, quizás fueran paranoias pero no podía cometer riesgos, además, nadie tenía motivos para seguirme.
Pedí a Damon que esperase en el coche, aceptó a regañadientes. Comprobé sí mi pistola estaba cargada y cogí una palanca del maletero antes de disponerme a iniciar mi visita. No llamé al timbre, eso le abría dado tiempo a reacción, usé la palanca para forzar la puerta y me adentré en la vivienda. El comedor estaba vacío, escuché un ruido en una habitación de un largo pasillo, avance con paso ligero para echar la puerta abajo de un puntapié. Fischer intentaba esconderse de mi bajo las sábanas de su cama mientras otro hombre desnudo miraba hacia la ventana buscando una salida. Pedí al hombre desnudo que se tapara mientras apuntaba con mi pistola a sus partes. Fui directo al grano, le pregunté a Fischer de que conocía a Mikael, parecía que el periodista estaba aún conmocionado por mi brusca entrada, disparé dando de lleno a la mesita de noche que estaba a su lado. Volví a formular la misma pregunta, de nuevo no tuve respuesta y esa vez di de lleno en la rodilla del amante del periodista. Fischer reaccionó y me contó que Mikael era un viejo amigo, había acudido a él hace unos meses, Mikael sentía peligrar su vida y le pidió que publicara lo que publicó en el periódico en el caso de que pasara algo, Fischer debía recibir una llamada de Mikael que nunca recibió y el periodista supuso que a Mikael le había pasado algo malo. En medio de la declaración del periodista Damon interrumpió inoportuno en el apartamento gritando que había oído disparos, mis disparos. Decidí concluir ahí mi interrogatorio para volver a retomarlo en otra ocasión. Me despedí mientras Fischer trataba de taponar la herida en la rodilla de su amante.
Al salir del apartamento me fijé en el coche que estaba aparcado al final de la calle, era el mismo coche que nos había estado siguiendo. Apunté la matrícula en mi libreta y me subí a mi coche, dejé conducir a Damon, le pedí volver de vuelta a la oficina para revisar unos informes.
Después de la dura jornada laboral llegué a casa, ya había anochecido. Me senté en el columpio del jardín, el cemento aún estaba algo fresco en mis pies así que decidí volver a entrar en la casa. Catherine entró por la puerta, dejó a los niños por la tarde en casa de una amiga, debía dedicar tiempo a unos recados. Me senté en mi sillón favorito cuando el teléfono sonó, descolgué y era el jefe Ford. Quería hacerme un par de preguntas sobre Fischer, le pregunté extrañado que tenía de especial Fischer. Me respondió que Fischer y su amante habían aparecido con el cuello rajado en el automóvil del periodista
Algunos pensaban que lo del espía en la CIA era un farol que nos había lanzado Mikael para mantenernos distraídos, a pesar de ellos, los esfuerzos por encontrar un soplón se intensificaron. El jefe Ford multiplicó medios y hombres en investigar y seguir a cualquier nombre que tuviera alguna mínima vinculación con el aparato comunista. Los agentes demostraron durante las semanas siguientes sus valores americanos, banderas izadas en lo más alto de sus porches, conductas cívicas admirables, la cita a la iglesia de todos los domingos, incluso algunos hombres dejaron de verse con sus amantes. El consumismo también estaba a la orden del día entre nuestros hombres para poner de manifiesto su anticomunismo, relojes nuevos, coches nuevos y trajes nuevos.
Pronto me asignaron un nuevo compañero, un novato llamado Harry Damon, un pardillo, no sólo en apariencia con sus grandes lentes de pasta y su peinado pasado de moda, un pardillo que no paraba de hacer preguntas, algo torpe, y charlatán. El jefe Ford decidió apartatme del caso Woodrow por miedo a que me implicase emocionalmente, así que me seguí dedicando a lo mío, hacer preguntas a posibles comunistas. El siguiente nombre en mi lista era Paul Fischer.
Fischer era periodista en un periódico local, recientemente publicó una columna de opinión donde ponía en entredicho los métodos de las autoridades para tratar de erradicar la amenaza comunista desde dentro de nuestras fronteras. Periodistas con cierta ideología izquierdista los había a patadas, pero lo que más me llamo la atención de Fischer es que sabía demasiado, más de lo que un vulgar periodista sabría, en su artículo nombraba a Mikael, haciendo referencia a la doble moral de los servicios secretos, utilizando a agentes dobles. Una llamada de un par de minutos a su editor, me bastó para dar con el paradero del periodista, vivía en un apartamento en el centro y ahí me dirigí para encontrarme cara a cara con Fischer.
Mientras conducía, Damon no paraba de preguntar sí era buena idea, ya que Fischer guardaba relación con el caso Woodrow. Le respondí tantas veces como me pregunto que para mí aquel periodista era uno más en mi lista, yo sabía que no era así, mi intención era averiguar que relación mantenía con Mikael. Noté como un coche negro nos seguía de lejos, aceleré la marcha y conseguí despistarlo en un par de segundos, quizás fueran paranoias pero no podía cometer riesgos, además, nadie tenía motivos para seguirme.
Pedí a Damon que esperase en el coche, aceptó a regañadientes. Comprobé sí mi pistola estaba cargada y cogí una palanca del maletero antes de disponerme a iniciar mi visita. No llamé al timbre, eso le abría dado tiempo a reacción, usé la palanca para forzar la puerta y me adentré en la vivienda. El comedor estaba vacío, escuché un ruido en una habitación de un largo pasillo, avance con paso ligero para echar la puerta abajo de un puntapié. Fischer intentaba esconderse de mi bajo las sábanas de su cama mientras otro hombre desnudo miraba hacia la ventana buscando una salida. Pedí al hombre desnudo que se tapara mientras apuntaba con mi pistola a sus partes. Fui directo al grano, le pregunté a Fischer de que conocía a Mikael, parecía que el periodista estaba aún conmocionado por mi brusca entrada, disparé dando de lleno a la mesita de noche que estaba a su lado. Volví a formular la misma pregunta, de nuevo no tuve respuesta y esa vez di de lleno en la rodilla del amante del periodista. Fischer reaccionó y me contó que Mikael era un viejo amigo, había acudido a él hace unos meses, Mikael sentía peligrar su vida y le pidió que publicara lo que publicó en el periódico en el caso de que pasara algo, Fischer debía recibir una llamada de Mikael que nunca recibió y el periodista supuso que a Mikael le había pasado algo malo. En medio de la declaración del periodista Damon interrumpió inoportuno en el apartamento gritando que había oído disparos, mis disparos. Decidí concluir ahí mi interrogatorio para volver a retomarlo en otra ocasión. Me despedí mientras Fischer trataba de taponar la herida en la rodilla de su amante.
Al salir del apartamento me fijé en el coche que estaba aparcado al final de la calle, era el mismo coche que nos había estado siguiendo. Apunté la matrícula en mi libreta y me subí a mi coche, dejé conducir a Damon, le pedí volver de vuelta a la oficina para revisar unos informes.
Después de la dura jornada laboral llegué a casa, ya había anochecido. Me senté en el columpio del jardín, el cemento aún estaba algo fresco en mis pies así que decidí volver a entrar en la casa. Catherine entró por la puerta, dejó a los niños por la tarde en casa de una amiga, debía dedicar tiempo a unos recados. Me senté en mi sillón favorito cuando el teléfono sonó, descolgué y era el jefe Ford. Quería hacerme un par de preguntas sobre Fischer, le pregunté extrañado que tenía de especial Fischer. Me respondió que Fischer y su amante habían aparecido con el cuello rajado en el automóvil del periodista
miércoles, 14 de mayo de 2014
El buen patriota III: Juego de espías.
Habían pasado dos años desde la intrigante revelación de Mikael, un espía en la CIA. Las sospechas caían entre todos nosotros, cualquier manifestación era analizada con lupa. Durante estos dos años hemos seguido a lo nuestro, periodistas críticos con nuestro sistema económico, con la política del país, actores con tendencias izquierdistas, o ciudadanos no bien vistos por la comunidad. Una vez un vecino de un barrio residencial denunció a otro por que no izaba nunca la bandera estadounidense en el porche de su casa, nos presentamos en la vivienda en un momento que el estaba ausente, su mujer y sus hijos nos abrieron las puertas de la casa y lo esperamos, cuando llegó le hicimos un par de preguntas, al final llegamos a la conclusión de que se trataba de un tema de venganza entre vecinos, su vecino plantó un árbol en su jardín y las ramas del árbol daban al jardín del acusado, este taló las ramas y como venganza su vecino llamó a las autoridades acusándolo de antipatriota. Al parecer las falsas denuncias también eran el pan nuestro de cada día.
El día de acción de gracias mi amigo y jefe William Ford nos invitó a mi familia y a mí a celebrar la festividad con su familia. Llegue tarde a la residencia de Ford por unos asuntos de trabajo, mi familia ya se encontraba ahí. La comida transcurrió jovial y con total normalidad, mis hijos y sus hijos jugaban, nuestras mujeres hablaban animadamente y los hombres hablábamos de béisbol. Mientras las mujeres se encargaban de recoger la mesa, Ford me invitó a pasar al despacho en la planta de arriba, quería que degustase un Whisky que guardaba en un cajón. El Whisky era excelente, Ford se sirvió una copa para si. Pronto dejamos los temas triviales y hablamos de trabajo.
Ford me habló del caso del espía en la CIA, durante los dos últimos años el jefe Ford había designado personal y medios para investigar a numerosos agentes, yo ya tenía un poco olvidado el tema, con la reciente muerte de Stalin y la llegada al poder de Kruschchev parecía que la tensión entre los dos países de estaba suavizando, pero la amenaza seguía estando ahí. Ford barajó un par de nombres entre ellos el de Norris, hace un tiempo se encontró un panfleto comunista en su taquilla, el negó que alguien lo había colocado ahí, alguien que lo quería inculpar, algunos creían su versión, otros no. Bajo sospecha también estaba su joven compañero Tomas, siempre se mostraba crítico con el gobierno de Truman , con el proyecto de la bomba atómica y con lo de su plan Marshall, decía que esa ayuda económica a los países de Europa no era más que una manera de comprar sus favores contra el bloque comunista. De Tomas Ness siempre pensé que era alguien que hablaba mucho pero sus acciones no pasaban de ahí.
Lo que estaba claro es que Mikael andaba muy cerca del agente soviético en la CIA, pronto nos daría un nombre. Woodrow, mi compañero, se había citado aquel día con Mikael, decía que tenía algo importante que decir, una revelación, un nombre.
Ford disfrutaba del humo de un puro que se acabó de encender, su teléfono empezó a sonar y descolgó de inmediato, respondió despreocupado con la mano en el bolsillo, pronto su cara se tensó, me miró a los ojos, y dejo caer la palma de su mano sobre la mesa y colgó el teléfono con nerviosismo. Ford me pidió que me abrigara, teníamos trabajo, durante el trayecto en coche me sentía abrumado, algo gordo debía haber pasado para mover al jefe Ford de su casa en un día festivo. Pronto me sorprendí, llegamos al parque donde mi compañero Woodrow y Mikael se habían citado. Dos agentes uniformados del cuerpo de policía nos dieron paso para atravesar el cordón policial, en cuanto enseñamos nuestras placas, pronto identifiqué a Roger Morgan, un hombre corpulento del departamento de homicidios y trajeado que nos saludó con rostro sombrío. No había rastro de Mikael por ningún lugar pero Woodrow yacía boca abajo en el suelo inerte, rodeado por un gran charco de sangre que se estaba secando sobre la tierra.
El día de acción de gracias mi amigo y jefe William Ford nos invitó a mi familia y a mí a celebrar la festividad con su familia. Llegue tarde a la residencia de Ford por unos asuntos de trabajo, mi familia ya se encontraba ahí. La comida transcurrió jovial y con total normalidad, mis hijos y sus hijos jugaban, nuestras mujeres hablaban animadamente y los hombres hablábamos de béisbol. Mientras las mujeres se encargaban de recoger la mesa, Ford me invitó a pasar al despacho en la planta de arriba, quería que degustase un Whisky que guardaba en un cajón. El Whisky era excelente, Ford se sirvió una copa para si. Pronto dejamos los temas triviales y hablamos de trabajo.
Ford me habló del caso del espía en la CIA, durante los dos últimos años el jefe Ford había designado personal y medios para investigar a numerosos agentes, yo ya tenía un poco olvidado el tema, con la reciente muerte de Stalin y la llegada al poder de Kruschchev parecía que la tensión entre los dos países de estaba suavizando, pero la amenaza seguía estando ahí. Ford barajó un par de nombres entre ellos el de Norris, hace un tiempo se encontró un panfleto comunista en su taquilla, el negó que alguien lo había colocado ahí, alguien que lo quería inculpar, algunos creían su versión, otros no. Bajo sospecha también estaba su joven compañero Tomas, siempre se mostraba crítico con el gobierno de Truman , con el proyecto de la bomba atómica y con lo de su plan Marshall, decía que esa ayuda económica a los países de Europa no era más que una manera de comprar sus favores contra el bloque comunista. De Tomas Ness siempre pensé que era alguien que hablaba mucho pero sus acciones no pasaban de ahí.
Lo que estaba claro es que Mikael andaba muy cerca del agente soviético en la CIA, pronto nos daría un nombre. Woodrow, mi compañero, se había citado aquel día con Mikael, decía que tenía algo importante que decir, una revelación, un nombre.
Ford disfrutaba del humo de un puro que se acabó de encender, su teléfono empezó a sonar y descolgó de inmediato, respondió despreocupado con la mano en el bolsillo, pronto su cara se tensó, me miró a los ojos, y dejo caer la palma de su mano sobre la mesa y colgó el teléfono con nerviosismo. Ford me pidió que me abrigara, teníamos trabajo, durante el trayecto en coche me sentía abrumado, algo gordo debía haber pasado para mover al jefe Ford de su casa en un día festivo. Pronto me sorprendí, llegamos al parque donde mi compañero Woodrow y Mikael se habían citado. Dos agentes uniformados del cuerpo de policía nos dieron paso para atravesar el cordón policial, en cuanto enseñamos nuestras placas, pronto identifiqué a Roger Morgan, un hombre corpulento del departamento de homicidios y trajeado que nos saludó con rostro sombrío. No había rastro de Mikael por ningún lugar pero Woodrow yacía boca abajo en el suelo inerte, rodeado por un gran charco de sangre que se estaba secando sobre la tierra.
martes, 13 de mayo de 2014
El buen patriota II: Nuestro hombre en Moscú
Soy un patriota ejemplar, un ciudadano cristiano practicante, hago mis donaciones a la iglesia. Con una buena esposa, Catherine, y dos hijos, Michael, de diez años, alumno aventajado y jugador de béisbol, y Julia, de siete años, la pequeña Julia ya sabe situar en el mapa los estados de nuestro país. Somos unos americanos ejemplares, con todas las prácticas ejemplares que hacen a una familia americana buena y bien vista por la sociedad.
Arnold Reagan, nombre en clave Mikael, es todo lo opuesto a mí. Ateo, reservado, sin amigos, sin familia, alguien mal visto por la sociedad. Es agente doble, dedicado al contra espionaje, los soviéticos piensan que trabaja para ellos, pero no es así. Él es nuestro hombre en Moscú y nunca nos ha fallado. Se gano el favor de los soviéticos durante la guerra de Grecia, estuvo del lado comunista, o eso hizo ver, arriesgo la vida por su patria, aguantando como pudo nuestros cañones y nuestras balas, sus acciones llamaron la atención de la KGB que no tardó en reclutarlo entre sus filas. Hasta ahora había echo un buen trabajo para la CIA, el nos advirtió unos meses antes de que espías soviéticos habían facilitado los planos de la bomba atómica al gobierno de Moscú, así fue como en mil novecientos cuarenta y nueve, ya hace dos años, la Unión Soviética había conseguido detonar su bomba atómica, similar a la que detonamos en Hiroshima y Nagasaki. También nos soplaba información sobre los espías que actuaban en nuestras ciudades, eso nos facilitó mucho las cosas a la hora de dar caza a los comunistas.
Woodrow y yo debíamos reunirnos con Mikael en un parque del centro de la ciudad, debía pasarnos el informe mensual sobre las operaciones de espionaje soviéticas en suelo americano. Mikael parecía un vagabundo al que sólo le faltaba mendigar, al menos esa era la impresión al verle vestido con esa ropa sucia y vieja, pero su aspecto físico nada tenía que ver con su vestimenta, era alto, parecía haberse endurecido con el frío ruso, con la cara recién afeitada y el cabello rubio y corto, además había oído de el que hablaba un ruso con una pronunciación perfecta. Me senté en el mismo banco en el que él estaba mientras Woodrow daba una vuelta a los alrededores, no nos saludamos, la primera razón era para ser lo más discretos posibles, la segunda razón era nuestra relación tensa. Hacia tiempo que le insistía en el nombre de sus informadores, si a él le pasaba algo nos quedábamos ciegos, y con sus nombres podríamos recurrir a ellos en caso de que cualquier desgracia le pasara, Mikael siempre se negaba a ello, quería protegerlos de cualquiera, incluso de nosotros, los buenos.
Aquella tarde procedimos como siempre, sin mirarnos a la cara me pasó un sobre, con una lista de posibles espías, nombres de hombres y mujeres que tenían una doble vida. Le volví a insistir sobre sus informadores, como era de esperar Mikael se volvió a negar, pero esa vez me hizo una revelación perturbadora. Había un espía en la CIA, sólo era cuestión de tiempo que conociera su nombre. Le dejé en el banco como siempre mientras daba de comer a las palomas, la duda me invadía, un espía ¿Pero quién? Los nombres surgían en mi cabeza, Norris, Woodrow o algún jefazo ¿sobre quién caerían las sospechas? Debía estar preparado para lo peor. Como dijo Mikael, era cuestión de tiempo que el espía cayera.
Arnold Reagan, nombre en clave Mikael, es todo lo opuesto a mí. Ateo, reservado, sin amigos, sin familia, alguien mal visto por la sociedad. Es agente doble, dedicado al contra espionaje, los soviéticos piensan que trabaja para ellos, pero no es así. Él es nuestro hombre en Moscú y nunca nos ha fallado. Se gano el favor de los soviéticos durante la guerra de Grecia, estuvo del lado comunista, o eso hizo ver, arriesgo la vida por su patria, aguantando como pudo nuestros cañones y nuestras balas, sus acciones llamaron la atención de la KGB que no tardó en reclutarlo entre sus filas. Hasta ahora había echo un buen trabajo para la CIA, el nos advirtió unos meses antes de que espías soviéticos habían facilitado los planos de la bomba atómica al gobierno de Moscú, así fue como en mil novecientos cuarenta y nueve, ya hace dos años, la Unión Soviética había conseguido detonar su bomba atómica, similar a la que detonamos en Hiroshima y Nagasaki. También nos soplaba información sobre los espías que actuaban en nuestras ciudades, eso nos facilitó mucho las cosas a la hora de dar caza a los comunistas.
Woodrow y yo debíamos reunirnos con Mikael en un parque del centro de la ciudad, debía pasarnos el informe mensual sobre las operaciones de espionaje soviéticas en suelo americano. Mikael parecía un vagabundo al que sólo le faltaba mendigar, al menos esa era la impresión al verle vestido con esa ropa sucia y vieja, pero su aspecto físico nada tenía que ver con su vestimenta, era alto, parecía haberse endurecido con el frío ruso, con la cara recién afeitada y el cabello rubio y corto, además había oído de el que hablaba un ruso con una pronunciación perfecta. Me senté en el mismo banco en el que él estaba mientras Woodrow daba una vuelta a los alrededores, no nos saludamos, la primera razón era para ser lo más discretos posibles, la segunda razón era nuestra relación tensa. Hacia tiempo que le insistía en el nombre de sus informadores, si a él le pasaba algo nos quedábamos ciegos, y con sus nombres podríamos recurrir a ellos en caso de que cualquier desgracia le pasara, Mikael siempre se negaba a ello, quería protegerlos de cualquiera, incluso de nosotros, los buenos.
Aquella tarde procedimos como siempre, sin mirarnos a la cara me pasó un sobre, con una lista de posibles espías, nombres de hombres y mujeres que tenían una doble vida. Le volví a insistir sobre sus informadores, como era de esperar Mikael se volvió a negar, pero esa vez me hizo una revelación perturbadora. Había un espía en la CIA, sólo era cuestión de tiempo que conociera su nombre. Le dejé en el banco como siempre mientras daba de comer a las palomas, la duda me invadía, un espía ¿Pero quién? Los nombres surgían en mi cabeza, Norris, Woodrow o algún jefazo ¿sobre quién caerían las sospechas? Debía estar preparado para lo peor. Como dijo Mikael, era cuestión de tiempo que el espía cayera.
lunes, 12 de mayo de 2014
El buen patriota I: El enemigo en casa.
La década de los años cincuenta empieza, aunque la situación mundial es más desconcertante que nunca debido a la amenaza comunista tras la Segunda Guerra Mundial. En cuanto a nosotros, somos necesarios para preservar la seguridad nacional y protegernos de la amenaza soviética. Mi nombre es Wiston Johnson, a mi lado está mi compañero desce hace años Elver Woodrow, nos dirigimos en automóvil a una fábrica abandonada en un viejo barrio, nos preguntamos sobre la familia, el tiempo, y demás cosas rutinarias, nada más por que vamos a realizar nuestro trabajo y sabemos lo que ello conlleva
Entramos por una puerta trasera de la vieja fábrica. Pronto se empiezan a escuchar golpes y sollozos, enseguida veo a Peter Norris, un hombre con sobre peso, y a su compañero Tomas. Norris atizaba sudoroso a un prisionero en medio de aquella fábrica abandonada, el prisionero lleva una mezcla de sangre y suciedad en su torso, la sangre gotea de su labio mientras mira a su alrededor buscando una salida. Su nombre es James. L. Washowski, antiguo colaborador en el proyecto Manhattan, y sospechoso de haber filtrado información a los comunistas sobre los planos de la bomba atómica.
Recrimino a Norris que golpee la cabeza del muchacho, eso no le ayudará a pensar ni recordar. Norris se sienta agotado como sí la paliza la hubiera recibido él. Cojo una silla, me siento delante de él y pido a mis compañeros que abandonen la sala para proseguir con el interrogatorio. Me enciendo un cigarrillo, mientras mis compañeros salen de la sala. Salen confiados, saben que haré bien mi trabajo, soy el mejor haciendo interrogatorios de la CIA. Ese interrogatorio era algo clandestino, lejos de la central, lo hacemos así por que la opinión popular no vería con buenos ojos lo que hacemos, simplemente lo hacemos por ellos, para que puedan seguir viviendo su sueño americano nos manchamos las manos de sangre. He interrogado a actores con tendencias demasiado izquierdistas, a ciudadanos denunciados por sus vecinos y científicos que han colaborado en diversos proyectos. La verdad es que la amenaza comunista puede estar en cualquier parte, y no es fácil dar con ellos, por que saben que su destino final probablemente sean, el escarnio público, mediante juicios mediáticos y finalmente la silla eléctrica.
Un disparo precipita la entrada en la sala de mis compañeros, mi arma estaba humeante, mi mejilla dolorida, y el prisionero tendido en el suelo con una bala en la espalda. Woodrow baja el mano con el que tiendo el arma, con cara de espasmo me mira a los ojos. Les expliqué que el preso no estaba bien esposado, se abalanzó sobre mí, me golpeó e intentó escapar hasta que le alcancé con una bala. Miré con gesto acusador a Norris, el gordo se sentía mal y me pidió perdón. Teníamos a alguien que estaba a punto de confesar algo, y por un maldito fallo humano, se nos fue. No se pueden tolerar estos errores, el enemigo puede estar en cualquier parte.
Entramos por una puerta trasera de la vieja fábrica. Pronto se empiezan a escuchar golpes y sollozos, enseguida veo a Peter Norris, un hombre con sobre peso, y a su compañero Tomas. Norris atizaba sudoroso a un prisionero en medio de aquella fábrica abandonada, el prisionero lleva una mezcla de sangre y suciedad en su torso, la sangre gotea de su labio mientras mira a su alrededor buscando una salida. Su nombre es James. L. Washowski, antiguo colaborador en el proyecto Manhattan, y sospechoso de haber filtrado información a los comunistas sobre los planos de la bomba atómica.
Recrimino a Norris que golpee la cabeza del muchacho, eso no le ayudará a pensar ni recordar. Norris se sienta agotado como sí la paliza la hubiera recibido él. Cojo una silla, me siento delante de él y pido a mis compañeros que abandonen la sala para proseguir con el interrogatorio. Me enciendo un cigarrillo, mientras mis compañeros salen de la sala. Salen confiados, saben que haré bien mi trabajo, soy el mejor haciendo interrogatorios de la CIA. Ese interrogatorio era algo clandestino, lejos de la central, lo hacemos así por que la opinión popular no vería con buenos ojos lo que hacemos, simplemente lo hacemos por ellos, para que puedan seguir viviendo su sueño americano nos manchamos las manos de sangre. He interrogado a actores con tendencias demasiado izquierdistas, a ciudadanos denunciados por sus vecinos y científicos que han colaborado en diversos proyectos. La verdad es que la amenaza comunista puede estar en cualquier parte, y no es fácil dar con ellos, por que saben que su destino final probablemente sean, el escarnio público, mediante juicios mediáticos y finalmente la silla eléctrica.
Un disparo precipita la entrada en la sala de mis compañeros, mi arma estaba humeante, mi mejilla dolorida, y el prisionero tendido en el suelo con una bala en la espalda. Woodrow baja el mano con el que tiendo el arma, con cara de espasmo me mira a los ojos. Les expliqué que el preso no estaba bien esposado, se abalanzó sobre mí, me golpeó e intentó escapar hasta que le alcancé con una bala. Miré con gesto acusador a Norris, el gordo se sentía mal y me pidió perdón. Teníamos a alguien que estaba a punto de confesar algo, y por un maldito fallo humano, se nos fue. No se pueden tolerar estos errores, el enemigo puede estar en cualquier parte.
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